Posteado por: sílfidus | 28 diciembre 2010

Otro “futuro”

supersonicoRecuerdo que cuando tenía unos 10 ó 12 años me decía: “¡Qué lástima! Cuando llegue el año 2000 ya seré un viejo de 40 años.” Y es que me parecía que llegar al “futuro” con 40 años era un desperdicio. Porque el “futuro”, por aquel entonces, tenía fecha concreta: el 1 de enero de 2000. A partir de ese momento estábamos en el “futuro”. Y llegar a esa fecha, la del “futuro”, con cuatro décadas a la espalda, era realmente una lástima.

Recuerdo, como si fuera ayer, cómo imaginaba ese “futuro”. Recuerdo que me parecía que sería muy similar al diseñado por Hanna-Barbera para los Supersónicos. Me imaginaba que viviríamos en edificios parecidos al Pirulí de Televisión Española o a la Torre Foster de Barcelona. Imaginaba también que tendríamos la casa invadida por robots y que comeríamos unas píldoras que, al meterlas en una máquina, se convertirían en un suculento pollo al chilindrón. Con respecto al transporte, imaginaba unos vehículos parecidos a los de entonces, Cadillacs de faros puntiagudos, pero que en vez de rodar, volaban. Recuerdo más vagamente el vestuario. Al fin y al cabo no era algo que me interesase. Pero creo recordar que me veía vestido como mi marciano favorito. Los juguetes flotaban en el aire; las mascotas eran mecánicas y con cerebro electrónico; el hombre se paseaba por Marte y hasta por Urano.

Han pasado casi 11 años desde que llegó el “futuro” y pocas de esas previsiones se han cumplido. Seguimos viviendo en las mismas casas (eso sí, son más caras). Con respecto a la comida, hemos dado el paso de inventar un aparato que acelera el proceso de preparación de un plato. Se llama micro-ondas y en apariencia es parecido al que imaginé entonces. Pero sólo calienta el pollo comprado precocinado y no convierte píldoras en sabrosos gallináceos de carne blanca con salsa de curry. Seguimos circulando por carreteras pero vamos más lentos. El tráfico y las multas se encargan de ello. Y en cuanto a la ropa, sigue sin interesarme, pero su evolución ha sido escasa, tan sólo guiada por las modas comerciales.

Tengo 50 años y dejé el “futuro” atrás hace más de 10 años. Un “futuro” fracasado, que nunca llego a ser. En su lugar, nos pusieron otro. Más real, más crudo, menos futuro, más presente, nada pasado. Un futuro que, en definitiva, si a mis 10 años lo hubiera imaginado, me hubiera entristecido, me hubiera decepcionado.

Me alegra tener 50 y no 10 años. Con este “futuro”… no hubiera soñado.

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Posteado por: sílfidus | 6 mayo 2010

“Visionarios”

trilobiteSiempre me he preguntado sobre el origen de los ojos. Cómo o cuáles fueron las circunstancias que llevaron a un animal a pensar que era importante, o cuando menos interesante, ver lo que tenía delante.  Quizás esa curiosidad pueda hacerse extensiva a otros sentidos pero, no sé por qué me parece más increíble cuando se trata de la vista.

Parece ser que fueron los trilobites hace unos 500 millones de años. Imaginémonos las circunstancias. Imaginemos que uno de esos trilobites, si hacemos caso a Darwin, nace con un defecto de fábrica (¿evolución?)  y se planta en el planeta con algo bastante más innovador que el iPhone: los ojos. Imaginemos ese artrópodo que, como dice el refrán, pasa a ser el rey de los ciegos. Mientras sus congéneres no hacen más que darse golpes contra las paredes con la boca abierta tratando de que les entre en ella algo comestible, el “visionario” se convierte en el primer cazador del planeta (eso dicen los libros). A éste le suceden otros “visionarios” hasta que, generaciones más tarde, todos los trilobites habidos y por haber, visualizan y cazan.

Pero volvamos a la pregunta inicial. ¿Qué hace que un ser viviente se plantee la necesidad de tener un nuevo órgano para cubrir una necesidad no explorada hasta el momento? ¿Cómo sabe ese energúmeno que “hay algo que ver”? Lo encuentro increíble. Porque otras innovaciones corpóreas pueden ser imaginadas más fácilmente. Por ejemplo la ardilla. Cansada de que cada vez que baja de un árbol algún desaprensivo le pegue un bocado, decide “diseñarse” unas membranas para planear de un árbol a otro, convirtiéndose así en la ardilla voladora. Pero es que la ardilla dispone de todos los inputs para pasar al diseño: tiene conocimiento de que cerca de un árbol hay otro y tiene la experiencia de que cuando baja a tierra acostumbra a encontrarse algún depredador con ánimo de lucro. Semejante situación se encontró también el camaleón tras analizar la lentitud de sus movimientos frente a la velocidad de sus presas. Uno de estos ejemplares, el elegido por Darwin, debió decirse a sí mismo: “como no me espabile, me quedaré sin comida”. Y empezó a ejercitar la lengua hasta convertirla en una especie de látigo pegajoso de indudables cualidades cazadoras. Pero una vez más el ingenioso camaleón disponía de todos los inputs para el diseño de tan extensivo órgano.

Ejemplos como estos hay a capazos en la naturaleza. Desde la trompa del elefante hasta la tela de araña. No me extenderé en ello. Tan sólo quería destacar la especial particularidad evolutiva de los trilobites y el hecho de que su hallazgo fuera ampliamente difundido y copiado por la gran mayoría de las especies animales. Nadie ha agradecido lo suficiente a estos bichejos su capacidad “visionaria”.

Todo esto lo encuentro muy interesante, aunque poco práctico. Pretender saber qué ocurrió para que este bichejo prehistórico en cuestión ampliase sus miras, es imposible. Encuentro menos atractivo pero más útil conocer el por qué de la regresión visual de la clase política (gobernante o no) y de los supuestos expertos economistas que tantos millones de euros se han embolsado a costa de sus consejos y asesoramientos. ¿Cómo es posible que ni unos ni otros hayan sido capaces de ver la crisis económica que se venía encima? ¿Cómo es posible que, con todos los inputs de que disponen no hayan previsto la situación actual?

¿Estaremos viviendo un proceso involutivo que nos llevará a la ceguera total de todos los seres vivos? ¿Serán los políticos y economistas los primeros seres involucionados hacia la ceguera? Tal vez sí. La diferencia está, con respecto a los trilobites, que en su caso eran los ejemplares ciegos los que pasaban hambre. En cambio, hoy son los casi 5 millones de parados y no los dirigentes ciegos quienes la sufren.

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